¿ES NECESARIA LA MISA DEL DOMINGO?

 

Reflexión Sobre la Importancia de la Misa Dominical

 

© 1999 Rev. T. G. Morrow - Con permiso Eclesiástico


"No necesito ir a misa cada domingo. No es tan importante".


Sin duda que a veces hemos oído esto. ¿Verdad? ¿O es la Misa del domingo necesaria para la salvación? Para responder primero preguntamos:


En una ocasión un doctor de la ley, poniéndose de pie, le planteó a Jesús este problema: "Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?" Jesús le respondió, "¿qué está escrito en la ley?..." Le respondió, "amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y al prójimo como a tí mismo." Jesús dijo, "has respondido correctamente. Hazlo y vivirás" (Lucas 10:25-28).


Luego, amor es la clave. Pero, cómo amamos a Dios? Cristo, Dios y hombre, respondió a esto así: "El que cumple mis mandamientos es el que me ama" (Juan 14:21).


Ahora bien, ¿dió Jesucristo algún mandamiento acerca de la misa? Sí. En la última cena, la institución de la Eucaristía, Cristo dijo, "Haced esto en memoria mía" (Lucas 22:19).


¿Qué recordamos en la misa? ¿Simplemente una comida que Cristo celebró la noche antes de morir? No. Algo más maravilloso que eso.

 

¿QUE ES LA MISA?


Dice el Papa Juan Pablo II, "La misa es ante todo un sacrificio" (Del Misterio y Culto de la Eucaristía, o Dominical Cenae, - de aquí en adelante "DC," Febrero 24, 1980).


[En la Misa] Cristo perpetúa de manera incruenta el sacrificio ofrecido en la cruz, ofreciéndose Él mismo al Padre por la salvación del mundo mediante el ministerio de sacerdotes (Instrucción sobre el culto del misterio Eucarístico, - de aquí en adelante "EM", Mayo 25, 1967, C 3).


Re-ofrecemos en la Misa el Cuerpo y Sangre de Cristo, separados como estaban en el Calvario. Re-presentamos el sacrificio de Cristo en la cruz, el acontecimiento que nos salvó y abrió las puertas del cielo que habían sido cerradas por el pecado original.


Así como los judíos ofrecían y participaban del cordero sin mancha para celebrar la Pascua, el acto salvador de Dios que los liberó de la esclavitud de Egipto para viajar hacia la tierra prometida; así nosotros ofrecemos y participamos del "Cordero de Dios," sin mancha, para celebrar la nueva Pascua, el acto salvador de Cristo que nos libró de la esclavitud del pecado para viajar hacia la tierra de promisión, el cielo. En verdad, todos los sacrificios del Antiguo Testamento, el cordero, las cabras y los otros animales sacrificados como ofrendas por el pecado, eran solamente prefiguras del sacrificio de la Misa, la "consumación de todos ellos" (Concilio de Trento, Doctrina sobre la Misa, Chap 1).


A este misterio central de nuestra fe se alude en la Plegaria Eucarística III.

 

REFLEXION SOBRE LA PLEGARIA EUCARISTICA III


Leemos en la Plegaria Eucarística III: "Padre, al celebrar el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo." El sacrificio es Santo porque es Cristo, verdaderamente Cristo, milagrosamente presente en forma de pan y vino, no un mero símbolo. Es vivo porque es sacrificio divino y lo que es divino vive para siempre.


Leemos en la Plegaria Eucarística III: "Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisistes devolvernos tu amistad." Cristo es la víctima pascual, el macho cabrío que tomó sobre Sí nuestros pecados para que pudiésemos reconciliarnos con el Padre.


Luego leemos: "Para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, y llenos de su Espíritu Santo formemos en Cristo un solo Cuerpo y un solo Espíritu". El gran milagro de la Eucaristía es no sólo que el pan y el vino se conviertan en Cristo sino que nosotros nos convertimos en "otros Cristos" por el Espíritu Santo que habita en nosotros, animándonos a expresar al mundo a través de nuestras personalidades, la bondad y el amor de Cristo.


Luego también leemos: "Que Él nos transforme en ofrenda permanente"... No es suficiente que se ofrezca a Jesucristo al Padre en la misa. Debemos nosotros ofrecernos en el altar del sacrificio con Él. Debemos nosotros ser víctimas por los pecados del mundo. La Iglesia lo confirma:


"La Iglesia, esposa y ministro de Cristo, cumple con él la función de sacerdote y víctima, lo ofrece al Padre y al mismo tiempo hace ofrenda total de sí misma junto con él". (EM, C 3).


La magnificencia de la misa se refleja en lo siguiente:


Cada celebración litúrgica, porque es una acción de Cristo, el sacerdote, y de su Cuerpo que es la Iglesia, es una acción sagrada que sobrepasa las demás; ninguna otra acción de la Iglesia puede igualar su efectividad por el mismo título y hasta el mismo grado (Vaticano II, Constitución de la Sagrada liturgia, n. 7).


En otra parte la misa es llamada la "fuente y cumbre de adoración de toda la Iglesia y de la vida cristiana" (EM, C 5).


Así, pues, al comentario que frecuentemente se hace: "No necesito ir a misa. Puedo orar a Dios lo mismo en mi recámara o bajo un árbol!", respondemos: "No hay manera de que usted pueda ofrecer el sacrificio del Calvario, la ‘fuente y cumbre' de adoración de toda la Iglesia y de la vida cristiana en su recámara o bajo un árbol. La misa es la única dádiva divina que podemos ofrecer a Dios.

 

BANQUETE SAGRADO, COMIDA DEL CONVENIO


La misa es en segundo lugar:


...un banquete sagrado en el cual, a través de la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor, el Pueblo de Dios renueva el Pacto (Convenio) que Dios ha hecho con el hombre de una vez por todas a través de la Sangre de Cristo, y en fe y esperanza prefigura y anticipa el banquete escatológico en el Reino del Padre (EM, C1).


Cuando recibimos la Eucaristía renovamos nuestro pacto de amor con Jesús.


¿Dijo Cristo algo acerca de la necesidad de recibir la Eucaristía? Claro que sí dijo: "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Juan 6:53). En otras palabras, si voluntariamente y a sabiendas rehusamos tomar parte en la Eucaristía, que Cristo llama "verdadera comida... verdadera bebida," no podemos mantener una vida espiritual. Sin vida espiritual, gracia, nunca viviremos en el Reino de Dios; nos encaminamos a la ruina eterna. Es esta una afirmación fuerte de nuestro Señor.


San Pablo nos advierte, sin embargo, que debemos acercarnos a la Eucaristía dignamente:


Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente es culpable de profanar el Cuerpo y la Sangre del Señor" (1 Cor. 11:27)


El Papa Juan Pablo II escribió en 1980:


"...debemos tener siempre cuidado de que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta en mero hábito y que lo recibamos indignamente, es decir, en pecado mortal" (DC).


Debemos hacer las paces con Dios antes de recibir la Eucaristía (por medio de la confesión sacramental si estamos en pecado mortal), pero como parte de esta paz debemos hacer paz con nuestro prójimo, pues la Eucaristía es "signo de unidad, vínculo de amor" (Vaticano II, Constitución de la Sagrada Liturgia, n 47).

 

¿CON QUÉ FRECUENCIA DEBEMOS ASISTIR A MISA?


Es evidente que debemos participar en ese tan maravilloso regalo de la misa y tomar parte en su cena, la Eucaristía, para ser salvados. Pero, ¿qué tan a menudo debemos asistir a Misa?


La respuesta se encuentra en el tercer mandamiento: "Guarda el día del Señor".


Por una tradición transmitida por los Apóstoles, que tomó su origen desde el mismo día de la resurrección de Cristo, la Iglesia celebra el misterio pascual cada séptimo día, bien llamado el día del Señor o domingo. En este día los fieles de Cristo se obligan a venir juntos a un lugar, para que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, puedan traer a la mente la Pasión, resurrección y gloria del Señor Jesús...(Vaticano II, Constitución de la Sagrada Liturgia, n. 106).


En el Catecismo Católico leemos:


"En domingos y otros dias santos de precepto los fieles están obligados a participar en la Misa" (can 1247). . . Los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado del niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (can 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave (par. 2181).


¿Quién puede decir que guarda santo el día del Señor si no ofrece a Dios su más valioso regalo en ese día? ¿Quién puede afirmar que ama a Dios si rehusa (sin serios obstáculos) ofrecer lo más encumbrado, el punto cumbre, de la vida cristiana por lo menos en el día que Dios ha mandado guardar? ¿Qué otra acción más santa hay en ese día?


Además, si la carne de Cristo es verdadero alimento y su sangre verdadera bebida, sustento necesario para la vida espiritual, ¿debemos nosotros satisfacernos participando en este sagrado banquete siquiera una vez por semana (o una vez al año como es requerido)? ¿Y atrevernos a entrar en esta comunión corporal con nuestro Dios sin compartir en íntima comunicación diaria en amor con Él en oración?


Misa los domingos, unas pocas oraciones a mañana y tarde y confesión tres veces al año acaso constituyen amar a Dios con todo el "corazón, alma y mente?" pues si sólo eso hacemos, ¿no estamos acaso pendientes de un hilo en nuestra fe? Y si a sabiendas rehusamos ofrecer la mejor ofrenda por lo menos semanalmente, ¿acaso creemos que nos dirigimos de verdad al Reino de Dios?


Así, pues, a la pregunta original, "¿La misa del domingo es necesaria para la salvación?" debemos responder, siempre que sepamos lo que se acaba de exponer, Sí! Y mucho más. Una vida de amor profundamente comprometida. ¿Qué mejor tiempo que ahora para enfrentar esto?

 

"El que te hizo sin tu cooperación, no te salvará sin tu cooperación"

(San Agustín).

 

Traducido al Español por Rev. Luis Salcedo.

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